Sunday, July 3, 2011

El sueño recuperado

Entré a un kiosco a comprar un alfajor negro. Alguna vez, el local había sido el living de una casa alta, todo débilmente iluminado por una lamparita amarillenta y cenital.
Unos exhibidores a lo largo de las paredes apenas dejaban espacio para la dueña del local, una señora encorvada que iba y venía abriendo cajones y cobrando unos pocos pesos por las pocas cosas que vendía: caramelos viejos, chicles duros, maní con chocolate, fichas de teléfono, muñecas rotas, pelotas de playa desinfladas, moldes de arena, capas de súperman, gorros de lana rosados, verdes y marrones, una rueda de hamster, una paloma de plástico, una cotorra australiana cerca de la ventana y frascos de lustramuebles.

Al entrar me encontré con Pandora, una antigua amiga a quien había dejado de ver hacía tiempo. Seguía con su pelo llovido y despeinado sobre aquella cara de niña envejecida.
Buscaba algo para llevarle al hijo. Estuvo como media hora buscando mientras la vieja chupaba un mate de madera pirograbada. Al final se decidió por unos cigarros de chocolate y unas monedas, también de chocolate, envueltas en papel dorado.

Pandora sonreía con su compra. Así era ella, siempre a gusto con lo poco que tenía, aunque la vida le había dado también sus retribuciones: un marido mucho menor y un hijo que se volvió mayor que la madre. 

Al pagarle a la vieja, a Pandora se le cayeron las monedas oxidadas del cambio. Dudó en recogerlas, tan pero tan poco era. Pero al final decidió juntarlas arrodillada en el piso buscando abajo de las vitrinas. Cuando las tuvo en la mano, como pedazos de pan duro para las palomas, las dejó caer en un frasco de plástico rojo de una obra social para niños más pobres que ella.
La invité al Parque de los Aliados.

Nos fuimos caminando y conversando unas cuadras hasta dar con mi fitito celeste estacionado abajo de un paraíso podrido. Era el mismo con el que aprendí a manejar. Estaba hecho una cáscara, pero todavía depositaba mi confianza y mis viejos sueños de corredor de autos. Nos subimos y arrancamos para el Norte.

Cuando llegamos a Rivera doblé a la derecha, en un lugar donde la avenida hacía una curva nueva, cerrada y mucho más peligrosa que antaño. La avenida había dejado de ser de doble mano y ahora era una arteria de desintoxicación automotriz.
A esas horas de la tarde Rivera iba repleta de camiones pesados, ómnibus brasileros, carros con caballos, carros con niños, perros en caravanas y procesiones religiosas marchando a prender velas a la playa. Dije “iba” porque la avenida parecía avanzar con el tránsito. Yo iba a contramano.

Pandora se asustó de mi error, pero yo controlaba la situación y me fui despacito contra un cordón. Luego, como un auto chocador, pegué una curva de 180º ayudándome con un pie clavado en el asfalto y sacando medio cuerpo para afuera. Esto asustó más a Pandora.
Me pidió por favor que pasáramos por la casa, que quería ver si había llegado el hijo, aprovechaba para ir al baño y después, en todo caso, seguíamos para el Parque de los Aliados caminando.

Madre e hijo vivían en un apartamento en las inmediaciones de Brandzen y Salterain, que creo no se cruzan. Era un edificio relativamente moderno que no tenía ventanas a la calle. Una pared enorme sobre el frente era en realidad la pared lindera a ninguna parte mientras todas las ventanas de todos los apartamentos daban a los jardines de un colegio abandonado.
Desde allí se veía el sol caer entre nubes rojas y verdes recortando de negro varias cúpulas de iglesia, torres de ministerios y antiguas antenas de televisión.

Cuando llegamos arriba y vio que el hijo no estaba, Pandora levantó el portero eléctrico y empezó a gritar a la calle: “Salim, Salim”, pero el tipo no venía. Seguramente estaba jugando al fútbol a la vuelta, según se escuchaban unos golpes contra una chapa que llegaban desde las ventanas del fondo.

Pandora trajo unas galletas dulces en un plato y se puso a mirar La Revista Estelar con Humberto de Vargas. Le dije de seguir caminando para el parque, me pidió esperar un poco más y cambió de canal: en el canal 4, Carl Sagan explicaba cómo funcionaba una reacción en cadena.
Era un set tapizado de trampas de ratones que apretaban resbalosas pelotas de ping pong. Sagan dejaba caer una pelota al piso y en un segundo había un enjambre de pelotas saltando atrás de él. Después vino la tanda.

Salí a fumar al balcón de atrás. Me senté en una silla de hierro pintada de blanco, al lado de una protuberancia rara en la pared que hacía de pedestal a un lazo de amor. Prendí el cigarro con un fósforo y estiré las piernas.  Cuando entré de nuevo, Pandora tenía puesta de nuevo la Revista Estelar.
Todo se iba oscureciendo sin que ella prendiera la luz. Cuando apenas nos distinguíamos las siluetas, vimos pasar al hijo de Pandora por la ventana del pasillo. Se paró y miró para adentro sin poder vernos, aunque nosotros gritábamos y nos reíamos.
Entró a la casa, ya sabía que estábamos ahí.

Se puso a tomar leche directo de la bolsa y a mirar La Revista Estelar. Cambió de canal, pero Cosmos había terminado. Siguió cambiando de canal girando el dial, tac tac tac, cada vez más rápido, mientras empezaba a declamar una crítica ridícula contra Harry Potter.

Al final dejó La Revista Estelar, se fue al cuarto y volvió con un ejemplar de tapa dura donde había señalado cada palabra del libro con un color distinto. Pandora sostenía que Salim era superdotado.
Estaba todo tan prolijamente rayado que pensé que aquellas líneas estaban impresas. Algunas subrayaban las palabras, otras unían palabras, otras unían las líneas que unían las palabras.

Salim decía que J.K. Rowling había plagiado a Guy de Maupassant, pero que no se notaba porque eran idiomas diferentes, pero que se delataban giros únicos, imágenes que sólo podían ser de La mancebía.
No sabíamos qué decir y no puedo recordar exactamente los pasajes, pero no me resultaba convincente y le dije a Pandora que me iba. Pero Pandora quería quedarse.
Entonces me dice:
—Esperá un segundo —y se dividió en dos: Pandora 1 y Pandora 2.

Pandora 1 era la de siempre, aquel pelo llovido sobre una cara de niña envejecida. Dejó de darme bola, me volví invisible para ella.
Se quedó discutiendo con el hijo sobre una métrica oculta en las páginas amarillas.

Pandora 2 era más joven y más linda, aunque no era solamente una versión más joven de Pandora 1. Era más sexual, más animal.
Ella sí estaba interesada en ir a dar una vuelta y se vino al parque. Fuimos de la mano.
La noche estaba hermosa y el parque a oscuras. Nos sentamos en un banco partido pasando un poco el Pereira, entre un ciprés despeinado y un caballo blanco que pastaba.
Nos pusimos a conversar, a tocarnos.

A Pandora 2 le encantan los juegos de palabras, los dobles sentidos y los trabalenguas. Empezó con:

“María Chucena su techo techaba...”.

Era una forma graciosa de decirme que me estaba quedando pelado.
Entendí la indirecta y le respondí:

“... y un techador que por allí pasaba le dijo:...”.

Se rió como una cacatúa.
El caballo blanco levantó la cabeza sin dejar de masticar unas flores amarillas.

“María Chucena —completó—  ¿tú techas tu choza o techas la ajena? —y me tocó el claro de la coronilla.
Entonces me levanté delante de ella, me arrodillé, clavé la cara en sus rodillas (la humillación me daba privilegios) y le dije, mientras subía la cabeza por los muslos: “Ni techo mi choza ni techo la ajena, yo techo la choza de María Chucena”.

Así estuvimos un buen rato haciendo corresponder las palabras con las cosas hasta que se me trabó la lengua.

En eso sale el sol y llega un planchita corriendo desde Parque Batlle. Al pasar al lado vemos que corre con un ipod blanco recién robado y que ya venía escuchando. Llevaba la cabeza en alto, como rompiendo la cinta de cien metros llanos.
Entonces Pandora y yo tuvimos una epifanía: estábamos unidos para siempre en algún lugar del universo, pero no era el parque de los aliados.

Sin decirnos una palabra, vimos al planchita cruzar la Avenida de las Leyes y perderse hacia Ricaldoni entre unas palmeras altas y muertas. Después, de un rato así, estáticos, habló Pandora.

Me dijo que tenía que irse, que no podía volver a verme, pero que me guardaría en su doble corazón y en sus lecturas y en sus juegos y en sus recuerdos y en sus baños y en sus sueños. El momento epifánico le había revelado un contacto íntimo, inseparable con la naturaleza, que no me incluía, y que debía acudir. No supe qué decir.

Pandora se desnudó, montó a pelo el pingo blanco, salió al galope y nunca más la vi.

En el banco, Pandora 3 me estaba esperando.

Pandora 3 era más alta, mas enrulada, más hermosa aún, más guarra, más vil, embutida en vaqueros. Con una pierna levantada y doblada sobre el banco clavaba el taco de la bota entre las maderas. “Por favor —le rogué con la voz entrecortada— llevame contigo”.

Retorcimientos, insinuaciones y gemidos, se fue para 18 ajustándose el pantalón con las manos y esos dedos, de largas uñas decoradas con paisajes de atardeceres dorados. Al pasar por el obelisco, acarició con obviedad las bolas de granito.
Entramos a 18 y se me redujo el cono de visión: ancas, culo, orto. Pandora marchaba a trancos largos embriagada en su propia excitación, en la mía, la de ambos.

No habíamos llegado a 8 de octubre cuando veo, en el borde de la cintura del pantalón, la grifa de cuero con el retrato del Che Guevara estampado y una leyenda debajo:

A.R.M.A.: A REVOLUCAO MESMO AGORA

En ese momento veo que los ojitos del Che se mueven, que pestañean y se abren desorbitados. Me quiere decir algo y me señala con el toscano: efectivamente, al lado nuestro avanzaba una multitud silenciosa, salida de no sé dónde, y que viene caminando adelante y atrás nuestro.

Marchaban todos caminando, todos gorditos pelados como yo, algunos con barbita candado, otros con materas, la mayoría con buzo escote en V, con rombos verdes y bordó, mocasines náuticos, pantalones pinzados.
Todos éramos muy parecidos, éramos un ejército de funcionarios que marchábamos detrás del orto de la revolución, por decir así.

Sin motivo aparente, uno de los gordos tiró un cacho de baldosa desde atrás, hacia la vanguardia, por delante de Pandora, que no se inmutó. Al rato, otro tiró una molotov que reventó contra un local abandonado. Había sido una bombonería.

Todo se iba volviendo violento. Creció un murmullo que se fue transformando en un grito colectivo. No sabía cómo se había formado aquella turba.
Aún más, de pronto yo mismo estaba explicando a un público invisible quiénes éramos nosotros, por qué avanzábamos. Mi voz atravesaba un altavoz que, de pronto, apareció agarrado por mi mano izquierda:

“Su atención por favor, el Movimiento Revolucionario Anexionista ARMA, MORE ARMA, está llevando adelante una revolución acá en el Sur para integrarnos al imperio del Brasil. Nada ni nadie podrá detener nuestro avance porque somos lo que ven, un movimiento de base con vocación imperialista lusitana por lo cual repetimos, desde el fondo de nuestro corazón y de nuestra garganta: Sao Jorge es nosso caminho e Enrique o Navegante nosso guia e nossa luz”.

Yo no sabía portugués. Pero de pronto no sólo estaba hablando portugués fluidamente sino pensando en portugués porque yo era portugués.
Es que yo no estaba siendo libre de mis actos y seguramente ninguno de los tipos iguales a mí lo estaba siendo tampoco. Éramos un ejército y estábamos siendo controlados por una inteligencia superior que nos convencía de que teníamos que tomar las cámaras y dar un golpe de estado.

Miré al gordito y cuando iba a dar el grito de guerra, apareció una escola a la altura de 18 y Requena y empezamos a bailar. La multitud coreaba y se movía eléctricamente:

Ja vamos lembrar os personagens
e as paisagens de uma cidade genial
enriquecida, pela bohêmia social
rânchos na beira do río
cenários dos velhos carnavais
glôrias da garra Charrúa na selecto
Penharol e Nacional (e lá no ceu)

Entonces grité con todas mis fuerzas, hasta quedar afónico:

“Aaaaaassssssaaaaabbbbbrrrraaaaaaaaancaaaa!!!!!!”

Fue un grito tan poderoso como falso.

Era como un plagio furioso que no sabía de donde salía, como si alguien me hubiera grabado un guión en el cerebro y me hubiera borrado toda la memoria.

A lo mejor todos estábamos siendo víctimas de una abducción masiva, primero reunidos como ratas en trance, luego conducidas por Fernández Crespo al interior del Palacio Legislativo.
Quizás el palacio era una nave espacial aterrizada cinco siglos esperando a que la gente de la ciudad se acostumbrara a su presencia intimidatoria y anómala que atontaba a la población.
Alguien más debería ser consciente de esto. Pero no veía miradas de pavor en nadie, todos parecían estar en el mejor momento de sus vidas de funcionarios planeando una revolución de carnaval tras una anexión a Brasil absurda, Brasil, que no debería tener interés alguno sobre este campo un mes seco y otro mes inundado, un puerto podrido, tres playas al abrigo de unas piedras.

Entonces me doy cuenta de que estoy hablando y actuando por alguien más, más bien de que alguien estaba hablando por mí, a través de mí. Y esto sólo podía suceder en el caso en que yo hubiera sido un personaje, el resultado del capricho literario de alguien con ciertas ideas fijas. Me escribía alguien, estaba siendo escrito por alguien.
Yo era un personaje de un cuento malísimo escrito por Salim, el hijo de Pandora 1, y que se llama el corredor de los sueños del que les ahorro detalles y espero que no tengan nunca que leerlo. Y estaba seguro de que era él, porque en mi único encuentro se había cuidado de disimular su autoría sobre mis actos más sutiles, más íntimos. Ahora entiendo ese detalle inicial, tan absurdo, de haber crecido más rápido que la madre.

El tipo se puso ese nombre y se escribió ese cuerpo y para moverme en su historia. O sea que ni siquiera debe ser  Salim, todos sus berretines literarios, sus sospechas de plagio. Y toda esta peripecia fantástica e inconclusa es otro recurso para seguir escribiendo cualquier cosa, incluso esto mismo, porque se le acaba la imaginación y entonces el infeliz que me tocó ser en este momento no tiene más alternativa que ver cómo las minas que va conociendo se le van como agua entre los dedos, Pandora 1, Pandora 2 y Pandora 3, con el único motivo de llegar más o menos ingeniosamente al final como pueda, tan esmerado en su construcción, tan cuidadoso en ventilar detalles de mi vida sexual, de mis relaciones afectivas. Ahora no sabe para dónde agarrar. Me cago en la reputa madre de tu madre, mediocre cagón infeliz.

Te digo, Salim, quien seas, no tenés idea de lo que es escribir, no tenés ida de lo que es bajar al fondo del pozo. A lo mejor si bajás se te puede ocurrir algo: muerto.

No me alcanza con las minitas que me diste por cinco minutos, yo no quiero ser un franela. Merezco más, soy más, desde todo punto de vista.
Merezco tener a todas las minas a mis pies, merezco quedarme con todas y con la mejor. En ese caso puedo estar dispuesto a dejar toda decencia por el camino, no sólo mi reputación, mi identidad y mi nombre sino mi alma, mi cuerpo y mi vida literaria.
Oíme: estoy dispuesto a convertirme para siempre en una palabra impresa de un libro de mierda, estoy dispuesto a perderlo todo si me dieras un momento de verdadera gloria.
Para eso debiste conocerla, aunque fuera de refilón, mongólico.
Date la cabeza contra la pared, imaginate algo vivo, mínimamente frondoso, como la selva, un pubis, los pezones de todas las vírgenes bebiendo la leche de la galaxia. ¿Nunca te pasó nada?
Si lograras escribir sobre lo que nos pasa a todos capaz que zafás de la ce efe. Si lograras decir eso en palabras nuevas, incluso aquello que no nos damos cuenta, entonces a lo mejor puede que el género te lleve a algún lado: para eso están los gigantes, para pararse sobre sus hombros, insecto.

No me des un drama pasional, no me des un conflicto existencial, no me interesan las dudas, ahorrame toda tristeza, todo abandono. Sólo te pido que me renueves la sorpresa a través de satisfacciones ínfimas, y por favor inadvertidas.
Soy capaz de renunciar a toda fama como personaje (ni siquiera tengo nombre) y aceptar todo olvido si me dieras todo el placer y toda la belleza que puedas concebir en términos estrictamente humanos. Después hacé lo que quieras.
No me interesa la naturaleza ni las flores del campo ni el aire puro. Pero me gustaría, una sola vez, mirar de frente a la humanidad recortada contra el fondo negro del cosmos, a ver si revelo el secreto secreto que nos ha convertido en vida en este páramo habitado de planetas desiertos y estrellas intocables y lunas desoladas y polvo del polvo del polvo que jamás tocará una sola bacteria. ¿Será posible?

Me da igual si escribís a mano, sobre el teclado o adentro de un calefón. Sólo tenés que escribir, sin parar, hasta comprender que nunca te va a leer nadie. Cuanto más bucees en la honestidad más te alejarás de la imaginación y más despreciarán, con un bostezo, esas historias íntimas mientras pensás, por encima de todo, si este domingo al mediodía preferís una morcilla salada o una morcilla dulce para el asado con la gorda.

¿Escribís lo que yo quiero? Respuesta: no, te estás escribiendo a vos mismo. Repetí conmigo: “No tengo nada que decir”.
Ahora sí, podés seguir.

La llegada al Palacio no fue triunfal.

El cielo redobló la humedad. Bajaron unas nubes de agotado peso haciendo de la noche una ciénaga sin horizonte y sin orilla. Los relámpagos iluminaron la construcción, toda tallada de granito negro, brillante bajo la helada garúa.
Comencé a rodear el edificio siniestro empezando por el Norte. Intentaba distinguir las mansardas de las antiguas facultades más al Norte, pero no quedaba ni la huella de General Flores. Forcé la vista, busqué la cúpula chata de Soler, pero en el lugar de Agraciada sólo había unos escombros tomados por las raíces de unos gomeros gigantes que goteaban y temblaban como animales bajo los truenos lejanos y cansinos.

Bajé por el Oeste, ya sin tratar de reconocer nada. Tampoco recordaba muy bien qué hubo en el Oeste, quizás un edificio blanco, unas calles al bajío. Ahora iba esquivando los juncales y los charcos del bañado.

Apareció una pradera corta y clara asomando en una loma, por ahí avancé buscando no enterrarme. Pero lejos de encontrar tierra segura, todo resbalaba y caí, y sólo pude avanzar arrastrándome y deslizándome como una anguila entre lubricadas circunvoluciones cerebrales, según pude ver toda la brillante superficie blancuzca bajo el refucilo de un ramificado rayo.
Era tan limpia la superficie emergiendo de la ciénaga, tan blanda, tan inmóvil, tan viva y dormida y yo el sueño de una criatura trepanada a cielo abierto que avanzaba material por el borde mismo del planeta bajo cielo y pesadillas, yo era una línea de luz roja, pulsaba en el quirófano del cosmos.
Mi deslizamiento provocó una catarata de relámpagos en una estroboscopia furiosa que me impedía acostumbrarme tanto a la luz como a la oscuridad. Alcancé de nuevo el borde del juncal, cuando estaba casi ciego.
Mientras recuperaba la visión, acudieron los truenos. Luces y sombras difusas, el estruendo funeral.
Alto en el cielo, surgió un resplandor anaranjado y puntual, como la iluminación de un cráter cuando las nubes rozan la boca del volcán activo.
No era una luz sino cuatro, cuatro antorchas, una en cada esquina de la linterna central del palacio.

De cara a la escalinata interminable, veo que no estoy frente a una escalinata sino a una rampa pulida, brillante bajo la humedad, un espejo que reflejaba el resplandor del cielo y las antorchas y mi silueta borrosa al acercarme y tocar el frío de la noche en el reflejo arcano.
Con el brazo extendido, hipnotizado por una textura tan lisa que se volvía intangible, suena en lo alto de la rampa la caída y el golpe de un metal pesado, como una campana medio sorda, como una guillotina que cortaba la cabeza de una multitud. Luego silencio.

Algo cayó sibilando, a mis pies, una masa sin forma. Era como una frazada, pero tibia y blanda y tenía pelos y era toda una piel de varón, recién desollada.

El aire se invadió de olor a hembra.

Se me dilataron las narinas, empecé a caminar encorvado, con los brazos tiesos, y los pulgares hacia adelante tiesos, como los colmillos de un jabalí.
Avanzaba bamboleante, aturdido al principio, luego desarrollando una siquis inédita que vertebraba mis emociones en una jerarquía donde el sexo era el primer escalón y la melancolía el último.
Yo visualizaba esto y todo lo que había en el medio: recuerdos de infancia, conversaciones por teléfono olvidadas, noticias terribles una y otra vez, una playa eterna, cercanos ojos azules, el despertar y el insomnio al mismo tiempo, el vuelo negro de una lechuza blanca.

Nada lograba detenerme y avanzaba a la puerta lateral del palacio como un novillo resoplante tirado del aro. Mi minotaurización era simultánea al crecimiento del edificio, todo como la precipitación de una violencia que siempre había estado allí, oculta durante toda una era, detrás de un confuso simbolismo y que se revelaba ahora como un foco inagotable de muerte.

El umbral estaba tibio y también tan pulido como toda la superficie de todas las paredes y de todos los escalones y contrapiés y balaustradas que iba tocando en la oscuridad guiándome con los dedos fácilmente, porque no había una sola arista afilada ni un escalón imprevisto ni una esquina abrupta, porque todo se fue transformando en un pasaje continuo como el interior de un cuerpo vivo donde ya no sabía bien si seguía ascendiendo o bajaba o avanzaba en helicoides o en signos o en escrituras talladas por dioses que me aseguraban que todo ocurría en el momento preciso de acuerdo con una profecía en la que no podía saber si era alguien o instrumento.

Salí a un espacio amplio y cerrado sin notarlo al principio, una explanada sin límite habitado de un murmullo lejano, como la exhalación de una ciudad.
Como puesto para mí, apareció de nuevo el resplandor naranja, de nuevo el cráter cuando las nubes rozan la boca del volcán activo.

Ascenderlo fue llegar al origen del tiempo, donde tampoco hay espacio, al infinitésimo de masa infinita, por lo cual no sé cuánto me llevó —un segundo, un cosmos— volver al origen de todas las cosas conocidas y desconocidas.
Sentía que dejaba de ser sin dejar de existir en el libro de una religión donde toda acción física, todo lo materialmente concebible era un símbolo implacable cuyo trazo yo veía ahora evanescente y que duraba lo que un balazo olvidado.

Al borde del cráter, miré hacia adentro. Vi una constelación de luces de todos los colores del espectro. Unas vibraban, otras se desplazaban en aquella oquedad revestida del clamor de todas y cada una de las voces del éxtasis.
Era una galaxia del éxtasis y, al acercarme, todo se fue pareciendo a una nube de luciérnagas y, al acercarme más, se parecía a semillas flotando y luego a capullos por abrir y luego a zarcillos que volaban y se fijaban y se contraían y se dilataban y se extendían en espasmos y se ramificaban en una consagración de lo homogéneo a partir de todas las formas y al acercarme más veo que las luces son sexos incandescentes, conchas y pijas, y cuellos y ovarios, y testículos y uretras y próstatas y trompas y glándulas mamarias y pezones y rectos y labios y lenguas y gargantas de seres transparentes con el sexo incandescente como esos peces transparentes que iluminan el fondo del mar con la luz de los órganos en una orgía infinita donde toda penetración, todo beso, toda caricia volvía transparente a los cuerpos y la belleza se prolongaba en la visión anatómica de los órganos en una transmutación de toda perversión en contemplación científica y de toda obscenidad en belleza exultante y no era posible echar velo alguno de seducción mientras los pliegues más íntimos del garche se desplegaban en disecciones cuya asepsia difuminaba de inconcebibles fábulas visuales a todos los acoples y a todas las curvas y a todos los fluidos como fantasías marinas, a las vergas en las conchas y en los ortos y en las bocas y a las bocas en las bocas y en las conchas y en las vergas y a las tetas en las tetas, y así fui reconociendo que la coloración sutil tornasolada y compleja de los cuerpos y sus órganos respondía tanto a las coloraciones específicas como a las variaciones de acuerdo al éxtasis y a las combinaciones entre diferentes cuerpos y órganos que representaban por sí mismos un placer visual paralelo al sexual estetizando, animalizándolo todo, como un tornado de animalización surgido del mismo delirio civilizatorio.

Llegaba a la orgía, apolíneo y transparente.
Mi erección era gigante y rosada y los huevos bailaban en un vaivén turquesa, de pronto detenido por dos lenguas naranjas y vibrantes como una tarde de verano que, al moverse, proyectaron alternativamente paladares al rojo al tiempo que cuatro tetas planetarias amanecieron de blancos virginales según las minas se acariciaban sin dejar de chupármela.
Todo el proceso de acabar tanto de ellas como mío era una manifestación de un despliegue cromático que alternaba entre el equilibrio y la disonancia, entre el empaste y el contraste hasta las cumbres más altas de la saturación cromática. El orgasmo fue un instante más, en una revolución permanente, que me alejaba de la extenuación cada vez, cada clímax me pedía uno nuevo y ése me pedía otro y otro y así estuve transformándome en la ensoñación de un vacío que me conducía sin prisa ni control hacia un momento en el cual la multitud se apartó en refucilos dejándome espacio para mi acople definitivo con Pandora Pandora, mujer universal, encendiendo de brasas los pezones mientras los labios vaginales se incendiaron de naranja pulsando ondas violetas que vistieron de collares paralelos a mi verga azul.
Y en la contemplación del polvo, por nosotros, por la multitud, por los dioses, pudimos ver todo el recorrido del semen desde los huevos hasta la punta de la verga en impulsos y curvas hasta salir azul al cuello todo vibrante de anillos infrarrojos y subiendo luego por la pera del útero hasta impregnar las amapolas rojas de los ovarios que estallaron de semillas blancas por todo el confín y todos lo mirábamos convirtiendo los ojos de todos en topacios, rubíes y esmeraldas y reconociendo en todo lo que vivía la mirada perlada de la satisfacción de Pandora derramada en la mirada de todos, mientras la mirada de todos nos miraba y Pandora desataba su abrazo y yo caía derribado sobre la curva del planeta fecundado y envuelto en una aureola en movimiento cuya corola irradiaba todas las formaciones vivas concebibles en suaves impulsos, en capas, en tandas de especies y de tipos y de razas intermitentes hasta definirse un ejército de algo parecido a hombres, algo parecido a lagartos negros, ágiles y altos casi invisibles contra el firmamento negro como titiriteros de un teatro negro que se acercaron y me tomaron de debajo de los brazos, dos o tres, alguno más revoloteando cerca, y me alzaron en el aire y floté mientras iba perdiendo incandescencia y el cuerpo de Pandora se iba confundiendo con el resto de las esmeraldas de los ojos del mundo y sobre el clamor que se perdía yo empezaba a escuchar con más claridad la conversación de mis guardianes reptiles voladores en un murmullo que se interrogaba y se respondía a sí mismo:

—¿Qué es un instinto?
—Depende del instinto. Las explicaciones únicas no deben multiplicarse sin necesidad.
—¿Qué diferencia hay entre un hombre y un animal?
—Las cosas que tienen.
—¿Qué son los sueños?
—Fragmentos de nada suspendidos en el tiempo.
—¿Qué es el infinito?
—Una serpiente.

Esto último lo dije yo también, al unísono con el grupo. Y esta unión con mis celadores en un mismo cuerpo me entregaba a cualquier decisión porque cualquier decisión ajena tomada sobre mí era también una decisión mía y entendí —porque todos lo estaban pensando en ese momento— que iba a ser sacrificado y que mi cuerpo, mi corazón y mi sangre eran la ofrenda que aseguraba la continuación del universo, única certeza, y me sentí en paz, porque yo mismo era ya un dios, estaba a punto de serlo y estaba naciendo mi divinidad y mi influencia sobre el mundo de las cosas iba a ser cierta y mágica y entonces ascendía, haciéndome ya sombra en la sombra, silencio sobre silencio, hasta que vi el resplandor anaranjado, el cráter cuando las nubes rozan la boca del volcán activo, y ascendimos al altar iluminados de cuatro altas antorchas.
Y antes de que pudiera ver los detalles del chacal en dos pies a mi costado, levantó el hocico junto con el pedernal entre las manos negras y poderosas y, al mismo tiempo que otros cuatro chacales me extendían sobre la piedra, me partió el pecho de una, y otros dos abrieron al instante la piel y la carne y las costillas crujieron y el chacal del pedernal arrancó el corazón con una mano y lo levantó latiendo y luego le hundió el hocico y empezó a beber de mi sangre y luego lo entregó a otros chacales menores que lo fueron desgarrando en porciones y lo fueron comiendo en un círculo hasta que desapareció de las manos.
Otros chacales más pequeños aún llegaron y empezaron con otros pedernales de turquesa más finos y delicados a separar la piel de la carne y me fueron desollando con rapidez y precisión de manera de conservar la piel como una sola pieza y el cuerpo también como una sola pieza hasta quedar hecho una revelación anatómica que, otros chacales, más pequeños todavía, comenzaron a devorar en silencio separando con delicadeza los huesos de los músculos de los tendones y dejando sobre la piedra el esqueleto limpio que alguien se llevó en una parihuela mientras alguien más arrastraba la pesada piel mía hasta un portón metálico y gigante y oxidado que se abrió y que cayó luego con un estrépito como de campana medio sorda, como una guillotina que cortaba la cabeza de una humanidad y entonces cayó mi piel sibilante por una rampa intangible en una noche húmeda y oscura hasta dar contra unos pastos.

Y mientras aún palpitaba, mientras aún conservaba el último calor, escucho un crujir de ramas desde unos arbustos cercanos y veo en el resplandor ocasional del relámpago la silueta de un viejo decrépito y desnudo que se acerca bamboleante y que se frota las manos contra los costados del cuerpo porque se encuentra con lo que hace un tiempo está esperando.
Y al llegar hasta mí me agarra a mí, lo que queda de mí, y busca el borde de la piel y lo recorre con sus dedos mugrientos y reconoce rápidamente la huella del cuerpo que estuvo y de un solo movimiento, porque ya sabe cómo hacerlo, se coloca la piel como una capa sobre su espalda jorobada y calza su cabeza en la bolsa de mi cabeza y se queda así un rato encorvado atándose las cintas de mis brazos por debajo de los brazos de él, y después de alisarme algunos pliegues y acomodar mi cuerpo en su cuerpo empieza a dar unos saltos cortos que son un baile y empieza a dar unos gritos destemplados que son un canto y así se queda un rato saltando y cantando en el mismo lugar y dando vueltas en redondo mientras yo tiemblo encima suyo y en ese bailoteo se va desplazando y va desapareciendo de a poco entre unos tártaros negros.

Thursday, June 30, 2011

Tenga esto por seguro: cuando habla el amor sincero, cuando empieza la admiración franca, cuando surge el entusiasmo, cuando el odio se riza como humo, no hay duda de que la creatividad se quedará con usted toda la vida. El centro de su creatividad ha de ser el mismo que el centro de la historia y del personaje principal de la historia. ¿Qué quiere su personaje, cuál es su sueño y qué forma tiene, cómo se expresa? Una vez dada, esa expresión será el motor de la vida del personaje, y de la suya como Creador. En el momento exacto en que irrumpe la verdad, el inconsciente cambia del archivo de desperdicios al ángel que escribe en un libro de oro.

Mírese, entonces. Pondere aquello que lo ha alimentado durante años. ¿Fue un banquete o una dieta de inanición?

¿Quiénes son sus amigos? ¿Creen en usted? ¿O le atrofian el crecimiento a fuerza de ridículo e incredulidad? Si este es el caso, usted no tiene amigos. Vaya a encontrar alguno.

Y por último, ¿se ha entrenado lo suficiente como para poder decir lo que quiere sin sentirse maniatado? ¿Ha escrito lo bastante como para estar relajado y permitir que la verdad salga sin que la arruinen poses afectadas ni la cambie el deseo de hacerse rico?

Alimentarse bien es crecer. Trabajar bien y constantemente es mantener en condición óptima lo que se ha aprendido y se sabe. Experiencia. Labor. Son las dos caras de la moneda que cuando gira de canto no es ni experiencia ni trabajo sino el momento de la revelación. Por ilusión óptica, la moneda se vuelve redonda, brillante, una arremolinado globo de vida. Es el momento en que la hamaca del porche cruje levemente y una voz habla. Todos contienen el aliento. La voz se eleva y cae. Papá habla de otros años. De sus labios surge un fantasma. Agitándose, el inconsciente se restrega los ojos. La Musa se aventura a los helechos que hay bajo el porche, desde donde, dispersos en la hierba, escuchan los muchachos del verano. Las palabras se vuelven poesía que a nadie importa, porque nadie ha pensado en llamarla así. He aquí el tiempo. He aquí el amor. He aquí el cuento. Un hombre bien alimentado guarda y serenamente da cauce a su infinitesimal porción de eternidad. En la noche estival parece grande. Y lo es, como lo fue siempre en todas las edades, cuando hubo un hombre con algo que contar y otros, tranquilos y sabios, que escucharan.

De Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury

Sunday, June 19, 2011


Sin mirar nada
sin pensar casi
se dio cuenta
de que todos sus recuerdos
estaban envasados
atrás del mostrador
de unos cuarenta cumplidos
y que todo el poder
de unas palabras suyas
ya no era suyo.

El mismo verbo de una carne
ya no iba conjugado
y las interpretaciones de los sueños
propios y ajenos revelados
con lágrimas, con risa y con ternura
y los mares nocturnos remontados
por los barcos pesqueros del amor
todo eso, ya era incógnita
que le dejaba a la luz
de las estrellas del pasado.

Y así se olvidó de todo
como se olvidó siempre de todo
sin odio ni tristeza ni abandono
mientras caminaba y escuchaba
otra vez, bajo el océano
el latido de todas las ballenas
por todo el confín del agua almada
por donde anduvo
dando siempre el primer paso
dando cada vez el primer golpe
contra el planeta dormido.





Thursday, June 16, 2011

so far away

Aca están los ojos que faltaron en el anterior post
tambien bocas
y otras cosas



(tengo la impresión de que ya lo colgué)
(pasele por arriba ast)

Wednesday, June 15, 2011

Anillo de pureza

Una película sueca de los 70 (llamada "Thriller: Cruel Picture") ingenua en su perversidad.
Musica electrónica soft y suave.
Una chica sufrida pero que no claudica.
No lo sé bien (como la mayoria de las cosas que me atraen), la ingenuidad, el malo
la heroína despojada, que me da una idea de la heroína Montevideana.

Tuesday, June 7, 2011

Muñeca de mi vida


recitado:
muñeca,
sweetheart,
quien te ha visto y quien te vé,
chiquilina encantada de gambas interminables...

canción:
pensar que aquellos días te guardé entre mis brazos,
en mi cuello engolado
serpentearon tus labios
derramando primicias
de una ronca pasión.

empuñé tu melena
y te arqueaste rampante
entregada al abismo
de primitivo ardor.

sin embargo los años
nos fueron abrumando
Maroñas entertainment
y deudas de almacén

¿sacaste la basura?
¿no trajiste la leche?
la vianda de los pibes
pucha que lo tiró!

la guita ya se acababa
la arena de Pocitos se te mete en la tanga,
añorabas Polonio, -pipiola alucinada-
con suerte nos iremos un finde a Marindia
o miraremos Rocha en bondi de excursión.

por eso te piantaste
muñeca de mi vida
siguiendo la ventura
de un descocado albur

Tus gigantografías
allá en Arenal Grande
fueron como un masazo
que me partió la frente
y me dejó el temblor.

Prefiero recordarte
con estas muñequitas,
se te parecen tanto
tan flacas y blanquitas.

Los pibes que me diste,
muñeca: tus hijitos!
todos los santos días
preguntan por mamá.
me dicen: "dale viejo,
aflojá con las muñecas!"
y un triste dia de estos
al penoso loquero
me mandan a jugar.

El Chacal




Monday, June 6, 2011

escala

Observaba helado el otoño pujante en La Comercial, pensando en los aciertos de la fotografía de la película "Reus", sobre el barrio y casi oyendo crepitar las hojas de los plátanos encendidas , cuando la mirada seductora y monstruosa, me perturbó. Bajé a refugiarme detrás de un árbol de Arenal Grande, -porque si uno abandona el suelo, las fotos se mueven. Y ya parapetado pude tomar algunas con temor.
Habían regresado, si.
Son más ahora y famélicas (casi sin carne).
Las hembras gigantes volvían a regir con sus largas piernas, sobre la vida de los minúsculos ateridos habitantes de Ciudad Celeste. Sólo los árboles las emparejan, dan con la talla, sus ramas firmes y elevadas.
¿Vendrían a restituir el culto a la Diosa Blanca Malparida?
"No hay escape de esas profundidades", me había dicho una vez el grande poeta Yamandú Oblivion, de los pocos que habiendo caído entre sus bragas, vivió unos días para contarlo, antes de morir en bicicleta. "Yo, porque huelo francamente mal" justificaba.
Aunque bien sé que no era eso.
Oblivion podía ser un bocado excesivo aún para hembras gigantes y famélicas, sobre todo si se ponía a recitar.
Cumplido el registro, me dí vuelta y corrí hacia Garibaldi,
buscando alcanzar El Templo, de otra manera terminaría en la soledad furiosa del suburbio (calle Castigo).
Iba a gritarles a todos lo que sucedía, para salvarlos.
Pero no, cuando quieran ver, verán o ya será muy tarde.
Y a mí nadie me avisa nada nunca.

Sunday, June 5, 2011

Tres Cruces Revisitada





El engaño podría parecer

como un extraño caos

calle Rousseau, nada es casualidad

El Proyecto en la calle
no es un augurio.



Wednesday, June 1, 2011

Heterodoxia

Ayer Astllr me mandó este artículo.
Y erosionan la ciudad esos flujos de dinero (tan ansiados) al reventar sobre estas costas, haciendo que las viviendas, que los hogares, sean mas inalcanzables y hay absurdos vacíos en torres nuevas: hogares para nadie. Para Golems que se estarán pergeniando.

Otros flujos, de préstamos internacionales, van dejado sin veredas a Garzón (de Casavalle hasta Besnes e Irigoyen), en el centro de Villa Colón. En aras de un "diseño" sintético ortodoxo para un Sistema de Transporte, que tras la expectativa trae concreciones ominosas . Nadie va a poder caminar por veredas de 1.40 metros y despues turbulentos 25 metros de ancho de calle (una travesía ciclópea para niños, viejos?), con omnibus en vía rápida circulando por el centro y automóviles por el borde. (Uno quiere que sea para mejor, lo desea con fervor, pero la evidencia demuele). No está prevista ciclovía. No hay. No se puede.
El oximorón late.


Pero no por ello voy a dejar de compartir este poema, de Marge Piercy, quizás por lo de la campana:

La más clara alegría

La más clara alegría
es el cese de un gran sufrimiento.
Cuando la campana de hierro se quita de la
cabeza,
cuando el clamoroso choque se apacigua en los
nervios,
cuando el cuerpo se desliza libre
como la carnada del anzuelo
y el pútrido aire de la ciudad
empieza a bullir en los pulmones.
La luz resbala en miel sobre los ojos.
El austero techo se vuelve merengue.
El cuerpo se desenreda, se despliega
prodigiosamente vacío como un lirio.
Respirar es bailar.
Muda y enteramente
como la albahaca en la ventana

levanto la nariz al sol.
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