Thursday, February 7, 2013

Friday, February 1, 2013

el pasado es un animal grotesco


Iba por 18. Era domingo, llovía y hacía calor.

     Me habían echado del diario el día anterior, o el mismo día, no me acuerdo bien.
     Pero me acuerdo que en el camino a la precipitación (del despido) alguien mencionó la palabra “reestructura”.
     Pregunté si "reestructura" era sinónimo de “despido”. El jefe de personal dijo que sí con la cabeza, una sola vez, después dejó de mirarme y ganó una línea más de vida en su cerebro de tetris. Pensé: ya vas a llegar arriba de todo, hijo de puta, con una barra roja, la de cuatro, y te la vas meter bien en el orto.

     Al volver a casa, Mariela estaba garchando con Eduardo, en mi cama, por atrás.

     No me tomaba de sorpresa, porque era algo que habíamos planteado como una fantasía. Al Eduardo lo mencionó ella y yo no había dicho nada. Pero ahora aparecían sin aviso los dos.
     Mariela me dijo con la mano que me acercara para bajarme la bragueta y darle yo a ella también. Me fui y después me deprimí, por no haberme quedado, por no haber llevado la miseria hasta el fondo. No hay nada peor que ser neurótico en un mundo psicótico.

     Al otro día caminaba por 18, en ese domingo que llovía. Me acuerdo perfecto porque me resultó raro que un domingo alguien repartiera volantes ahí frente al tugurio de Galería Costa.


MIRACLE
El más alto nivel en masajes
Staff: 10 puntos
Super promo 3 x 2
Con trago invitación de bienvenida
Lunes a domingo 10 a 24 hs.
Constituyente esq. Tacuarembó
Se aceptan tarjetas

     Conocía el lugar de afuera: una casa de altos, unos cajones de cerveza en el balcón, al lado de ese edificio retirado, blanco y deforme de la esquina.
     Mientras subía la escalera de mármol contaba los escalones, un poco por superstición, otro por un déficit emocional que se traduce, primero, en superávit perceptivo, luego en una especie de autismo que transforma todo en números y correspondencias que, o no corresponden nunca, o corresponden todo el tiempo.

     En el cuarto al frente estaba la barra, de lambriz barnizado, unos bancos giratorios torcidos y unos sofás oscuros que vislumbraba azulados, todos de polyfom impregnado de flujos de años y años.
     Contra la pared había un escenario de hormigón de unos 10 centímetros de altura, el caño en el medio y unas sillas de plástico blanco pintadas de negro descascarado. Se les veía el rastro de una antigua pintura turquesa. Esta visión fue poderosa, es posible que me haya mareado.
     Estaba todo enmoquetado de un color indefinido.

     Apareció una turra bastante bien, con un tang de naranja en una bandeja, con aires de secretaria. Sonreía no tan tristemente. Pero tampoco muy alegremente.
     Cada vez que voy a una whiskería siento lo mismo cuando sonríen. Yo siempre espero una sonrisa, por lo menos eso. Dejó el tang arriba de una ratona y no volví a verle ni el culo.

     Vino la dueña, una vieja, y me hizo pasar a una habitación del fondo. Yo me acostaba en la cama y ella ya me estaba gritando precios desde el corredor mientras iban pasando por la puerta dos mujeres que no distinguí y la tocaya Mariela, que podía ser liceal, y después la encargada de nuevo: que Mariela era el doble, pero era completo. Luego había otra chica pero estaba con un cliente. Cualquier cosa veíamos.

     Mariela se desnudó sin mirarme antes de que yo hiciera nada. Quedó tirada en la cama mirando para un punto incierto entre los pies de la cama y yo, aburrida, hastiada, triste. Me desbolé y me quedé acostado sin moverme.
     Sentí una cierta felicidad, porque constaté que estar ahí me chupaba un huevo. Porque la poronga la pongo cuando yo quiero y cuando no quiero no la pongo, cuando pago y cuando no pago.

     Miraba todo alrededor: el resorte de bajo consumo colgando del techo, el respaldo de plástico dorado de la cama, la portátil baja de madera barnizada como la ruina de un ovni, la frazada con un pavo real estampado, la ventana podrida y abierta sobre un techo de zinc.
     Arriba, el cielo formaba extrañas nubes negras por debajo del techo de nubes, como armando un subsuelo de tormenta.

     Mariela se metió la poronga caída en la boca, sin un suspiro, y mientras se me empezaba a parar empecé también a tener unas alucinaciones y unas sensaciones que trato de explicar con las palabras que tengo, porque fueron muchas y todas juntas.

     Yo veía una ciudad siempreviva que se movía todo el tiempo. Veía que se superponían como generaciones enteras saliendo de la nada y muriendo como absorbidas, veía construcciones de edificios altos y destrucciones masivas, germinaciones de mares de semillas y saqueos de hordas, jardines interminables y bombardeos, gente riendo en veredas y procesiones mortuorias, plazas verdes, hospitales abandonados, caminos de hormigas y lunas llenas, luces de neón y pisos de tierra, bicicletas y satélites, sirenas de fábrica y sacrificios humanos, culos, tetas, labios, piel.
     Cuando la ola entró en la avenida, caí extenuado sobre la inerte Mariela.

     Ella se salió de abajo y se levantó y se vistió despacio, en otra cosa. Y mientras se ataba el pelo, gritó: "Paapiii...". Era un llamado habitual, cotidiano, doméstico.

     Súbitamente bajó la temperatura del aire y me dio un escalofrío. Porque fue cuando pude sentir una presencia, como que yo estaba tocando algo en el aire, o peor: algo sin forma, oscuro y total, me tocaba a mí por todos lados, me envolvía.
     Desde el final del corredor llegaron unos pasos y en el umbral apareció un enano negro, no de raza negra sino negro como la oscuridad. Caminaba con cierta dificultad.
     Yo sólo podía verle la silueta, y además no proyectaba sombra sobre el piso. Era sombra.

     De entre las piernas le colgaba una manguera, que se perdía atrás por donde había venido. Desde allí mismo llegaba una respiración, de algo grande y grave, que hacía vibrar el piso y las paredes. Y a lo que avanzó el enano hacia mí, quedó brevemente de costado y pude ver que la manguera le salía en realidad del vientre.
     La criatura exhalante, en alguna parte de la whiskería, sería su madre, una criatura indescriptible o una máquina.

     Papi se acercó a unos cincuenta centímetros. Como era sombra yo no le podía ver nada. Me habló con voz infantil muy aguda, con algo de pájaro. Y en el aliento helado que me llegó me dijo, palabras más palabras menos:

     "Has detectado el ciclo infinito de la renovación, el alma que anima la naturaleza y a su hija dilecta, la ciudad. La madre está en crisis y también su hija. Esto solo le importa a la especie humana, cuya misión en el universo es perpetuarse hasta el fin de los tiempos en las mejores condiciones, por lo menos algunos.
     ”Has demostrado tener la energía para llevar a cabo la iluminación de la humanidad toda. Ahora, si tenés a bien, vas a cerrar los ojos y esperar la primera señal que encuentres, la primera en una larga serie, que debes seguir y obedecer estrictamente.”

     Y sobrevino un silencio, tan fuerte, que sentí una presión súbita en los tímpanos. Luego volvió el calor habitual y el ruido de los autos por Constituyente.

     Cuando abrí los ojos estaba solo. Y donde había estado Mariela flotaba una bolsa blanca y vacía a la altura de mi cabeza. Estuvo unos instantes ahí, suspendida, y salió por la ventana.
     Me puse los calzones y las bermudas y me llevé los championes y la remera en la mano.

     Salí a la calle buscando en el cielo la bolsa, como buscando una estrella. Y entonces la veo volando, muy arriba, hacia el Sur. Y mientras corro detrás, por la vereda rota y mojada, siento que el frío me va entrando por los pies y como que me voy llenando de otra sustancia, más fresca, más liviana, y me acuerdo de la canción que aparece siempre que tengo una experiencia cósmica:

     "El pasado es un animal grotesco. Y en sus ojos verás cuán equivocado estás".


Friday, January 25, 2013

una que sepamos todos




hubiéramos cantado con Genghis...

Tuesday, January 22, 2013

Sunday, January 20, 2013

mi ocupada vida


Espere
Bienvenido
Entrar
Favoritos
Entrar
Siguiente
Salir
Entrar
¿Olvidaste tu clave?
Has iniciado sesión
Ahora estás acá
Bloquear ventanas emergentes
Nueva pestaña
Continuar
Detener
Leer
Leer más
No recordarme nunca
Nueva pestaña
Recordarme más tarde
Reintentar
Seguir
Ver
Ver comentarios
Ver más
Ver todos
Confirma tu perfil
Bienvenidos
Salir
Entrar
Conseguir temas
Buscar
Configuración avanzada
Eliminar este usuario
Añadir usuario
Mostrar opciones avanzadas
Ayuda
Ir
Nueva pestaña
Buscar
Siguiente
Buscar
Bajar archivo
Esto puede demorar
Mostrar al abrir
Guardar
¿Reemplazar?
Cancelar
Guardar como
Añadir
Organizar
Crear nueva carpeta
Cambiar nombre
OK
Su licencia expirará en 15 días
¿Comprar?
Recordarme más tarde
Cerrar
Salir
Entrar
Este sitio no es seguro
¿Desea continuar?
OK
Soy mayor de 18 años
Play
Replay
Enviar comentarios
Debes ingresar para enviar comentarios
Ingresar
Enviar comentarios
Enviar
Borrar datos de navegación
El origen de los tiempos
¿No puedes acceder a tu cuenta?
Nueva pestaña
Cargando
Buscar
Quizás quiso decir
Siguiente
Siguiente
Nueva pestaña
Salir
¿Estás seguro que deseas salir?
Atrás
Nueva pestaña
Esperando
Cerrar todas las pestañas
Juegos
Solitario
Nuevo juego
Ya no quedan más movimientos
Qué desea hacer
Finalizar
Jugar de nuevo
Ya no quedan más movimientos
Qué desea hacer
Finalizar
Jugar de nuevo
Salir
Entrar
Inbox
Responder
Enviando
Su mensaje ha sido enviado
¿Abandonar esta página?
OK



Saturday, January 19, 2013

sabihondos y suicidas

—Hace unos días estuve con nuestro común amigo. ¿No lo ha visto Usted últimamente?
—No.
—Está muy cambiado. No sé si para bien o para mal, sólo que está muy cambiado. Como le diría, ni más gordo ni más flaco, quizás un poco más cansado. Pero con una luz nueva en sus ojos. ¿Recuerda aquel hastío melancólico en el que vivía? ¿Recuerda aquella noche en que recitó a Mallarmé?
—Qué raro, quedó tan turbado.
—Quedamos.
—Casi ido.
—Es un poco histérico. Bueno, eso le daba aquel cursi éxito con las damas. Esto no puede negarse. Es como un sibarita de la prostitución. Se jacta de que en cinco años jamás pagó un solo peso. Las enamoraba a todas.
—Algún rumor me ha llegado.
—En algún momento se le atribuyó El Mal. Pero lo de la sífilis fue un rumor equivocado.
—¿A qué se refiere?
—No era sifílis, era un mal menor... Cuestión que lo he visto. Como le decía, cambió notoriamente, cierto brillo fanático, cierta risa maníaca. Había ganado un humor nuevo, frenético, diría espástico. Sin embargo, no estaba intranquilo. Como si hubiera descubierto un mundo que, incluso en su frenesí, lo pacificaba. Le dije que hacía tiempo habíamosle perdido el rastro, que extrañábamos sus lecturas parado en el mostrador, que recordábamos aquel Verlaine que acentuaba las esdrújulas justo cuando pitaban las cafeteras, aquel Rimbaud en contrapunto con el ruido de los platos contra el mostrador.
—Era bueno leyendo. Lástima nunca escribió nada.
—Eso no se lo dije.
—Bueno, no tiene nada de malo. Era un excelente lector. No conozco a nadie igual. Cómo se ha perdido esa costumbre. ¿No le dijo por qué no venía más?
—Como le decía, el tiene sus razones. Y el rumor infundado de la sífilis terminó por convencerlo. No se sentía dolido, me dijo, sólo que había dejado de venir al café porque no le interesaba. Me dijo que el café se lo hacía en la casa. Que tenía una cafetera italiana.
—No me diga que contrató a una querida.
—No macanee. Una máquina.
—Manguel siempre fue un excéntrico.
—Verá, mi amigo. Por lo que entendí, esta tendencia a la cafetera propia proviene, comprendo ahora, más de su pasión por las máquinas que de cualquier berretín de privacidad. En la entrevista que mantuvimos camino al correo me dijo que ha venido investigando en los terrenos de la antimateria, me habló de las partículas que salen de todos los cuerpos, incluido el nuestro. Llegó a decirme que, en realidad, nada era sólido, discreto completamente, sino que había un permanente suspensión de partículas, como un halo gasesoso que indefine los contornos.
—Déjeme pensar, ¿dónde habré leído eso?
—Bueno, entonces creo que este cambio que yo observé en su comportamiento se debe a la iniciación en el conocimiento de una física misteriosa.
—Se habrá vuelto espiritista.
—Bueno, no, aunque sin duda estamos hablando de conocimientos contiguos. Pero me refiero a que en él encontré una nueva pasión por los misterios de la ciencia. Mire qué interesante, dice que la ciencia requiere más que nunca de la imaginación de los escritores, que la ciencia se ha de interesar por las humanidades como nunca antes.
—Incomprensible.
—Yo no entendí tampoco. Pero hemos quedado en vernos, organizar una cena.
—Otro cenáculo...
—Verá, por ahora no. Con el café de esa italiana me alcanza.
—No suena mal, me avisa y vamos juntos.
—Dígame, ¿ese libelo de ahí es suyo?
—No, pensé que era suyo.
—Lo habrá dejado alguien
—Se llama Destrucción...
—Otra publicación anarquista.
—No la conocía.
—Qué quiere, hay más opúsculos que pelos en un cepillo
—Atención, viene de Montevideo.
—En voz alta, por favor.



Saturday, January 12, 2013

alerta naranja


Bajaba por Yí con las primeras ráfagas frías en la cara. Las bolsas de basura avanzaban a ras de la tierra como naves espaciales de un planeta amorfo, después subían en la esquina con Canelones en un remolino que nunca terminaba de formarse tapando intermitentemente la luz de yodo sobre el cruce.
Sobre la nueva calle abierta, allá en Gonzalo Ramírez donde estaba el Corralón, los relámpagos mudos y continuos hacían levitar a Santa Rosa recortada contra el cielo lacerado de violeta.

Al principio no me llamó la atención, pero luego fue la confirmación de una incomodidad: una figura esperaba en la puerta de casa.

Con el tiempo pude acostumbrarme a la concentración de pastabaseros de todas las edades y sexos merodeando la boca macabra de la esquina con Maldonado, derramándose todas las tardes en los escalones de mármol, en los cordones de granito y contra los troncos de los plátanos testigos. Pero esta figura era más oscura, más negra y más erguida, con algo de recorte de foto.

Entre los ramalazos de luz intentaba verle la mirada, pero fue en un ramalazo de sombra que distinguí el brillo de los ojos. De lejos ya me estaba mirando.

El perro-rata del balcón de al lado no sacó la cabeza deforme entre las rejas, tampoco el perro-pájaro del primer piso de enfrente, que ladra cada vez que llega una visita parado en dos patas y asomando el cogote.
Tampoco estaba la tribu pastabasera. Seguramente había corrido a esconderse debajo de las marquesinas de 18, roídas por el tiranosaurio de la desidia y las radiaciones ultravioletas.

A lo que me acercaba, seguíamos mirándonos. Y yo seguía mirando porque pensaba, en un hilo de esperanza, que era alguien conocido que no ubicaba. Pero progresivamente, y rápidamente, me iba poniendo nervioso, quién mierda sería.

Ya a diez metros sentí la penetración de sus ojos, negros como pozos, finos e infinitos. Los descubrí algo rasgados cuando estuve más cerca. Por suerte no me resultaron amenazantes sino como calmos, cansados, diría exhaustos. Pero había algo más. Había una chispa viva, un júbilo, como si sonrieran lejanamente pese a la seriedad del resto de la cara, esta sí, impávida.

Estiró la mano para saludarme, algo torpemente, y con la otra se agarró una cosa parecida a una boina negra que le quedaba grande, como para ocultarse.
Al descubrirse le vi un pelo negro y ondeado de curioso brillo y unos bigotes largos que me resultaron familiares porque eran parecidos a los míos. Me preguntó, entonces, con una voz ligeramente aguda, sin afectación alguna, si yo era XX.
Sí, le dije, y le pedí disculpas por no recordar el nombre suyo, porque a esa altura la cara también me resultaba familiar, pero los nombres y las fechas no los recuerdo nunca.
No se preocupe, me dijo. Yo sólo necesito tener unas palabras sobre un trabajo que usted hizo.
Me corrió un escalofrío por la nuca.

Un trabajo de qué, le dije cortante. Porque yo trabajo en muchas cosas. Pero estaba seguro de que era por un trabajo de edición, y ahí los errores siempre se notan después, son como aves de rapiña que esperan meses planeando.
Y efectivamente, me dice:

Un trabajo de lectura que usted hizo sobre una prosa del poeta Julio Herrera y Hobbes.

El escalofrío siguió espaldas abajo. Se refería a un trabajo de cotejo que había hecho un tiempo atrás, entre los originales y la transcripción. Me había llevado un año más o menos, un trabajo plagado de dificultades, de escalofríos y transpiraciones. De todas maneras, busqué la tangente.

Mire, le digo, esa selección de textos no la hice yo, y el prólogo tampoco. Lo más indicado sería que hablara con...

No no, me dice, yo no quiero hablar con XIX. ¿Usted no fue el que hizo el... la... el...?

Entonces se interrumpió y empezó a buscar algo adentro del saco que tenía puesto, hasta que encontró y sacó el libro, de tapas color verde yerba mate. Abrió la página del colofón y leyó en voz alta sin mirarme:

...el “cuidado de la edición”?

Sí, efectivamente.

Él levantó la vista, en una distracción teatral, y siguió sin mirarme: miraba contra las luces de yodo las primeras gotas gordas que caían dejando en la vereda unos círculos grandes y negros.

Pude haberle preguntado quién era él. Pero era una pregunta tan simple, tan directa, que podía romper una conexión que empezaba a intuir como demasiado sensible, como extremadamente delicada. Si él consideraba que no tenía que presentarse, había algo en él que tampoco me permitía dudar de su necesidad de llegar hasta mí.

Por un lado estaba tranquilo porque adentro de casa estaba Simba, que es cimarrona. Pero, por otro lado, Simba iba a ser el problema de siempre, se le tira a las visitas como para comérselas vivas.
Abrí la puerta y no lo hice pasar, primero entré yo para buscar la luz de adentro (la del zaguán siempre está rota) y atajar a la perra, pero mientras subía la escalera y abría la cancel el tipo ya había entrado y Simba no ladró nunca. Aún más, sentí junto a mí su jadeo alegre, como cuando vengo solo.
Pase, pase, le digo al tipo, que ya me había adelantado y estaba entrando al escritorio.

Le pedí que se sentara en el bergère que tiene la pata sana, porque el otro nunca quedó bien, se balancea, hace ruido al golpear la pata en falsa escuadra.
Pero el tipo no escuchó o no hizo caso y se sentó en el roto, que está contra el balcón a la calle. Y mientras se sienta toca, al pasar, la cortina, no sé si para confirmar que el postigo estaba cerrado o para ver la textura de la tela. Y más rápido, fracciones antes de quedar sentado, no sé cómo hizo, pero tiró la cola del sobretodo para atrás, como un concertista de piano, cruzó las piernas y se quedó ahí quieto, atusándose lentamente los bigotes entre que yo me sacaba la campera y prendía otras luces y le decía a Simba en un idioma incomprensible que ahora le iba a llenar el plato.
Después me senté atrás de mi escritorio, grande y pesado como el mundo.

Cada tanto el hombre miraba para el costado, para el fondo, los patios sucesivos, intermitentemente iluminados por los relámpagos que atravesaban las claraboyas y traían el temporal y toda el agua de la atmósfera caía entera y Simba se sentaba y se paraba y se volvía a sentar, estupefacta, mirándome como una estatua que gemía.

Con el primer gran trueno encima nuestro, como una obertura de Wagner, el hombre se inclinó un poco hacia delante (el bergère ni se movió) y muy despacio dejó sobre el escritorio el libro verde. Y mirando eso empezó a hablar con una voz algo modificada, algo automática, más aguda y neutra, como hablando en público.

     Estimado XX, me dice. He leído, con muchísima atención su trabajo y le pido que considere mis observaciones apenas como eso, observaciones. Su esfuerzo ha sido hercúleo, aunque el resultado no lo sé. Entiendo perfectamente: hizo Usted lo que estuvo a su alcance, en vista de lo cual puedo decir que su trabajo ha sido relativamente exitoso...

    Intenté aclarar, casi retóricamente:
Le decía que el trabajo no es mío. Yo no hice...

El tipo tampoco se detuvo ahora, siguió hablando por debajo como si yo no hubiera hablado y mirando la opalina alta y ambarina, apoyada la cara ligeramente en dos dedos, la muñeca algo quebrada, el codo apoyado en el alto posabrazos. Estaba como en trance.
    
     ...y a veces, ciertamente, mitigamos un elogio por simple mezquindad en este agujero de ingratitud en el que vivimos porque, por más que intento extirpar el adverbio, éste sobrevive, estimado XX: sí, dije “relativamente”, es decir que subsiste a pesar de mi criterio, como habrá comprobado en la lectura, de mi exquisito gusto enfrentado a esta fonología de espanto.

Hizo un silencio largo, la cabeza inmóvil, la boca en la misma posición, la mano ahora paralizada. Luego siguió.

Pero dejemos al habla que se manifieste hablando, que se manifieste como el resto de los seres vivos.

Mire, le digo tratando de no tartamudear. Eran dos volúmenes transcriptos de originales borrados y manchados, escaneados de diarios ajados, desleídos y carcomidos...

Él como si nada. Me puse más nervioso y agregué:

Por no hablar de los textos manuscritos...

Siguió adelante.

Le decía, leyendo repetidas veces, que no es necesario adivinar que Usted ha leído cada línea, cada coma, cada espacio entre palabras. Lo que quiero decirle es que, habiendo hecho algo más que leer, ha hecho, también, algo menos. Ha estado usted a ambos lados de la lectura y ha percibido el nervio estampado en el papel.

Entonces le pregunté: ¿se refiere al momento en que la pluma escribe o cuando el plomo imprime?

Pero siguió como si yo no hubiera preguntado nada.

Y sí, es muy seguro que haya errado, digamos, circunstancialmente, mi querido amigo. No obstante, compruebo, se detuvo en cada instante de la duda, pude ver que representaron para Usted, más de unas diez o doce veces, dolorosas agujas padecidas con el estoicismo de un verdadero fakir de la escritura.
Lo que me deja pasmado, le confieso, es que Usted haya dejado todo el asunto tal como fue escrito, porque no estamos hablando de errores del autor, ciertamente, porque no los hay en ningún caso. Decidió Usted, con la sabiduría de un búho, no tocar nada, no establecer criterios ni afirmar sistemas sintácticos que no reflejaran la frondosidad de esos árboles de lenguas que cultivo.
Usted no descubrió a nadie, XX, es obvio, y no se aflija por esto. Deje los laureles de la exhumación, abandone las cocardas de la gloria al paciente investigador, porque quien mucho investiga siempre encuentra algo. Pero le pido, por favor, que se regocije en lo hondo de la tarea que Usted ha llevado adelante. Yendo al grano, quiero decirle que...

Pero en ese momento sonó un trueno largo. Y el tipo siguió hablando. Y yo no escuchaba, porque el trueno se encadenó con otro y después con otro y con otro.

Sumado al enigma de su presencia, se agregaba ahora el enigma de la atmósfera y la sucesión interminable de truenos que duró el tiempo exacto del speech del poeta, con el agregado alucinante de una sucesión de estroboscópicos relámpagos que iban dejándolo congelado en expresiones asombradas, cómicas, patéticas, dubitativas, hasta terminar en una sonrisa satisfecha y enorme dándome a entender que me había transmitido una Verdad Suprema que nunca pude oír. Quiero creer que era una revelación más para él que para mí.

Entonces se paró de golpe desde el bergere, no tanto como un resorte sino como una tabla que se hunde de una punta y se eleva del otro, como un vampiro al salir del ataúd.
Sin perder la sonrisa avanzó en tranco decidido hacia la puerta ignorándome ya, y retirándose con la satisfacción de un deber cumplido. Simba aulló al ver que me levantaba detrás y lo seguía hasta la cancel como para salir de nuevo.

No sé cómo bajé los escalones con esa oscuridad, porque no me dio tiempo a prender nada. Pero al abrir la puerta, la luz de la calle cortó de naranja a todos los escalones del zaguán mientras la sombra del tipo se plegó como un acordeón y después desapareció de pronto porque, sin darse vuelta siquiera, cruzó la calle en diagonal, bajando como hacia el cementerio, con paso ágil y elegante sin que la lluvia lo tocara.




Saturday, January 5, 2013

FolkStreams » The Land Where the Blues Began

El orígen del blues por el musicólogo estadounidense Alan Lomax, una maravilla de documental
FolkStreams » The Land Where the Blues Began

Wednesday, January 2, 2013

Lo que no quiero ser en mi próxima vida (no offense)


Alcahuete
Analista de sistemas
Animador
Atención al cliente
Bancario
Beato
Botón
Botones
Caballo de hurgador
Cajera de supermercado
Chihuahua
Chofer de ómnibus
Cornudo
Cotorrita australiana
Crítico musical
Cuidacoches
Daniel Vilar
Dealer
Dentista
Detective
Diputado
Director técnico
El perro del hortelano
Elefante marino
Empleada doméstica
Equilibrista
Escribano
Esquimal
Evangelista
Geriatra
Ginecólogo
Gordo
Guarda de ómnibus
Huérfano
Hurgador
Intensivista
La parda flora
Lenguado
Masajista
Masón
Mecánico dental
Medusa
Milico
Mimo
Mormón
Motoquero
Musulmán
Nostálgico
Paloma
Parapsicólogo
Patovica
Payaso
Peluquero
Perro coreano
Pigmeo
Podólogo
Portero
Rana
Rocker
Sanguijuela
Sanitario
Sepulturero
Subgerente
Taxista
Telefonista
Tenia equinococo
Termita reina
Umbandista
Urólogo
Valé
Vaca
Verdugo
Yanomami
Zombie